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Camino a una ruta del Pisco Sour
(Lima, 2006) No soy muy apegado a escribir crónicas o artículos, me conformo con agregar algunas líneas en la editorial de la Revista, pero en esta oportunidad quise compartir la aventura que emprendí en esta ruta del Pisco Sour.
Hace dos días pude conocer finalmente el Bar del Maury y el Bar del Bolívar. Este tour fue elección de mi acompañante, quien me quería enseñar los maravillosos lugares que Lima aun tiene para ofrecer.
Jr. Ucayali 201. Justo en el cruce con Carabaya, a una cuadra de la Plaza de Armas, el frontis del Hotel Maury no lucía sorprendente, pero bastó acercarnos para que luego de atravesar el umbral, diéramos un salto al pasado. Avanzamos unos pasos y a la izquierda se abrió paso el ingreso al bar. Sorprendente, exquisito, elegante. Me sentía un hereje por haber ingresado a ese santuario con jeans y zapatillas. El acabado en madera parecía recién estrenado, las fotografías de las paredes me enseñaban lo que era la Lima de antaño, las pinturas, los afiches de corridas de toros, los muebles impecables y la luz amarilla que se reflejaba en los muros era la misma que había recibido a incontables personajes.
El mozo, de piel curtida y maneras amables, nos presentó la carta, pero antes de siquiera hojearla pedimos dos Pisco Sour. En la espera solo conversaba con ella, imaginando como sería el sabor del que había leído y escuchado. Cuando lo sirvieron, lo observe: el color y la espuma cremosa que no se diluía, absorbí el aroma… qué perfume, lo probé, un sabor exquisito. Nunca, y debo acentuar esta palabra, había probado un trago tan delicioso como este y puedo con conocimiento de causa afirmar que supera fácilmente al del Bar Huaringas, Brujas de Cachiche, al Bar Inglés del Country. Tan es así que una segunda ronda fue obligada, lo mismo que una promesa de un futuro retorno.
Luego con el paladar encendido enfilamos al Hotel Bolívar, tomando la vía del Jirón de la Unión, donde lugares tan clásicos como la Botica Francesa habían dado paso a tiendas de descuento… Qué desgracia.
El Bolívar, con su cajero automático a la entrada… conveniente creo. El ingreso da a un salón redondo donde as columnas de mármol dan la impresión de sostener una cúpula de vitrales. Una carcocha de inicios de siglo parece que nos mira de reojo como desaprobando nuestra común presencia. “Vamos a la izquierda”, me dice ella, y me hace observar todo… una vez más me siento un intruso en estos elegantes salones. Ella me lleva del brazo, “antes tocaban al piano”, me señaló el lugar. Yo de inmediato lo imaginé, con solo sentarme ya era parte de la historia de ese lugar.
Repetimos la rutina, “dos pisco sour”. El mozo era parte del local, de su historia y tradición. Yo me quedé sin habla, solo trataba de almacenar la mayor cantidad de recuerdos de ambos lugares. El trago era tan exquisito como el del Maury, me quedo con el primero creo. Tendré que repetir de experiencia pero de atrás hacia delante.
Hoy siento que me he reivindicado con Lima. Un simple mortal al que se le permitió conocer donde solían vivir los dioses.
